Arnold Schönberg, de la tonalidad al dodecafonismo

Lluís Cànovas Martí  /  6.3.2013

[ Vegeu també: Las vanguardias musicales del siglo XX / El corpus del delicte (Una aportació crítica a la història de la música catalana) ]

El mundo musical centroeuropeo de mediados del siglo XIX, marcado por la impronta del romanticismo, se debatía entre la música tonal, que acabó identificada con el nacionalismo germánico, y la disolución de la tonalidad, una práctica transgresora de los cánones de la época que ensayaron Liszt en toda su obra y Wagner en el Tristán e Isolda. Las técnicas de ambos en el común objetivo de liberarse de las constricciones impuestas al proceso creativo diferían de las que, en el mismo sentido, buscaba el francés Fauré. Pero los tres se ciñeron siempre a un proceso de innovación creativa respetuoso con la tradición. No fue el caso de Schönberg, que asestó el golpe de gracia a la tonalidad mediante un proceso de destrucción inmisericorde que lo iba a convertir en el compositor más influyente del siglo XX: en su primera mitad, gracias al nuevo universo sonoro creado con el sistema dodecafónico, que con sus discípulos Alban Berg y Anton Webern daría nacimiento a la «segunda escuela de Viena»; y tras la segunda guerra mundial, con los cursos de Darmstad, que partiendo del legado de Webern iban a ser el embrión de todas las vanguardias musicales surgidas a partir de los años sesenta, entre ellas en primer lugar el serialismo.

Una atonalidad consecuente

Arnold Schönberg nació en la Viena del Imperio Austro-Húngaro el 13 de septiembre de 1874, en una familia judía de origen eslovaco que favoreció sus precoces aptitudes: a los ocho años tocaba el violín, a los once componía duetos y ya adolescente haría arreglos de melodías y marchas. Tras la muerte del padre tuvo que abandonar los estudios y trabajó cinco años de contable; al mismo tiempo, participaría como violoncelista en el Quinteto Fröliches y en una orquesta no profesional dirigida por Alexander von Zemlinsky. Este y, más tempranamente, Oskar Adler serían las únicas personas que le prestaron alguna ayuda académica, sin menoscabo de que nunca dejó de ser un completo autodidacta.

Contrajo en 1901 matrimonio con Mathilde (hermana de Zemlinsky), embarazada de quien será su primera hija, Gertrude. Las condiciones de vida de la pareja se moverán la mayor parte del tiempo en la estrechez económica. Al comienzo se trasladaron a Berlín, donde asumiría Schönberg la parte musical del Cabaret Übertrettl, un proyecto de Ernst von Wolzogen que fue pionero en las iniciativas de promoción de la cultura obrera ensayadas en ese tiempo. Pero al año se vería obligado a sobrevivir solo con la instrumentación de operetas de Bogumil Zepler y otros músicos comerciales del momento. Lo sacó de ese pozo Richard Strauss, por cuya influencia obtuvo una beca Liszt Stipendium y un puesto de profesor en el Conservatorio Stern, tras quedar fascinado por las composiciones de Schönberg. Eran estas aún la obra de un epígono del romanticismo que usaba el recurso del cromatismo wagneriano: Noche transfigurada (1899) y Gurre-lieder (1900-1901, sobre poemas de Jacobsen, que causó la admiración de Strauss) apuntan ya la tendencia a difuminar la tonalidad y, en el segundo caso, además, al tratamiento declamado de la voz, la Sprechgesang.

Regresado en 1903 a Viena, al comienzo se instaló con la esposa en la casa del suegro. Durante un año enseñaría Schönberg armonía y contrapunto en la escuela de Eugenie Schwarzwald (donde también daba clases Zemlinsky) y luego con algunos alumnos de la asignatura de historia de la música que impartía Guido Adler en la universidad. A ese grupo se incorporaron en 1904 Berg y Webern, con el tiempo sus dos grandes amigos y los entusiastas cómplices en la aventura intelectual del maestro.

Asunción de un expresionismo total

Alternaba Schönberg su actividad musical con la pintura. El ambiente de estrecheces económicas en que se desenvuelve en esos años la bohemia artística llevará a los Schönberg a realquilarle una habitación de la casa a un amigo, Richard Gerstl, que es pintor. Richard enseña a Schönberg a perfeccionar su técnica pictórica; mientras, el músico compone su ciclo de Lieder, op. 15. En 1908, ese trabajo queda interrumpido por la fuga de Mathilde con Richard, que cobra tintes trágicos cuando la esposa accede a las súplicas de Schönberg y regresa al hogar familiar, hecho que provoca el suicidio del amante. A comienzos de 1909 Schönberg completa aquel ciclo de canciones, que será la primera de las obras de su catálogo absolutamente ajena a la tonalidad.

Obviamente, el mundo de las artes plásticas le deparó también satisfacciones. Una exposición individual de 1910 llamaría la atención de Kandinsky y al año siguiente le abrió las puertas del grupo más representativo del momento, Der Blaue Reiter, que el pintor ruso acaba de impulsar con Franz Marc. La calidad de los lienzos de Schönberg es equiparable al mejor arte expresionista alemán del período, aunque su reconocimiento iba a quedar siempre postergado a un segundo plano en relación con la importancia capital de su música. En esta, la dilución tonal daría un paso más con la mayor complejidad instrumental de Pierrot Lunaire (1912, sobre poemas de Giraudi), afianzado ya en una estética expresionista que se desprendía de todo resabio romántico y que cumplía así la observación generalista de la historia del arte según la cual las diferentes artes de una época se asemejan más entre sí que dos períodos distintos del mismo arte. En su caso, la atonalidad dista aún del rigor sistemático que Schönberg persigue: una exigencia intelectual que procede de la filosofía hegeliana que profesa y que da a su trabajo un sentido trascendente en el convencimiento de que, más allá de su agnosticismo religioso, los principios universales que gravitan sobre la historia de la humanidad son ineluctables. Ese sentimiento, impregnado de una viva espiritualidad, se ve reforzado en 1898, cuando, con veinticuatro años de edad, abraza la fe luterana.

En contraste con la magnitud insondable de ese ideario, la clave de su búsqueda la hallará en el breve movimiento de vals de su Suite, op. 25 (1923), en la que construye un primer asomo serial de doce notas, cuyo resultado aún imperfecto le proporcionaría las pautas constructivas del sistema que intuitivamente busca.

Coincide ese hallazgo con la muerte de su mujer, de la que, además de la ya indicada Gertrude, tiene otro hijo. Georg. El balance de esa experiencia matrimonial está atravesado por una infelicidad que la señalada tragedia de 1908 testimonia.

Tras la muerte de la esposa, al año siguiente se casa en segundas nupcias con Gertrude, hija de su discípulo Rudolf Kolisch. En 1925 obtiene una cátedra en la Academia de Artes de Berlín. Comienza un período plácido en el que tendrá otros tres hijos: Núria (nacida en 1932, durante una larga estancia en Barcelona), Ronald y Lawrence.

Mientras, su catálogo refleja los avances de su búsqueda (Serenata, op. 24, de 1923; Suite, op. 29, de 1926...), que le permitirán llegar a las Variaciones para orquesta, op. 31 (1928), auténtico manifiesto fundacional del dodecafonismo.

Tras el acceso de Hitler al poder, en 1933 toma el camino del exilio: en París se reconvierte al judaísmo en solidaridad con las víctimas del nazismo, un paso solemne al que dedica los Coros a capella, op. 27, como explica en una carta a Berg; y en Estados Unidos obtiene la nacionalidad, se dedica a la docencia (sobre todo en la Universidad de California) y compone, entre otras piezas, la Segunda sinfonía de cámara, op. 38 (1939), la Oda a Napoleón, op. 41 (1942, sobre texto de Byron) y Un sobreviviente en Varsovia, op. 46 (1947), con referencias tonales que fueron objeto de críticas (por ejemplo, de René Leibowitz en el caso de la Oda, a las que el músico respondió afirmando: «No compongo principios, sino música») y obras como el Concierto para violín, op. 36 (1936), y el Concierto para piano, op. 42 (1942), que a diferencia de los casos citados son dos muestras representativas del dodecafonismo académico. Deja inconclusas varias obras, entre ellas la ópera Moisés y Aarón, la más compleja de su producción, cuyo segundo acto había escrito en Barcelona. Murió el 13 de julio de 1951 en Los Ángeles tras sufrir un infarto cardíaco.

[ Vegeu també: Las vanguardias musicales del siglo XX / El corpus del delicte (Una aportació crítica a la història de la música catalana) ]

Lluís Cànovas Martí, «Arnold Schönberg, de la tonalidad al dodecafonismo »Escrit per a Grandes personajes universales, Ed. Océano, Barcelona, 2013